Pregúntale a aquel que va contigo… y te dirá quien eres!

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Pregúntale a aquel con el que vas… y te dirá quien eres!

Y es que yo nunca me he considerado una persona maniática… sé que mis gustos culinarios dejan mucho que desear, que no puedo dormir con calcetines, que me pone de mal humor la gente que dice Oztubre en lugar de Octubre…esas cositas, pero nada de particular.

Resulta que no… que soy una persona con muchas manías, muchas tonterías que se me pasan inadvertidas a la consciencia… pero que innatamente producen una reacción en mí.

En plena comida familiar el otro día mi tía (Ti-Gin) me dice con toda seguridad:

“Eh pelado los tomates antes de echarlos a la paella, expresamente pensando en ti, para que no te encuentres con esas pielecillas… que sé que no te gustan!”

Me dejó confusa… “que a mí no me gusta la piel del tomate en la paella… desde cuándo?”. Jamás habría dicho yo que me molestaba en lo más mínimo que el tomate se desprendiese de su piel… pues sí… me molesta y mucho. Tras discutir un rato a cerca del novedoso descubrimiento de mi tía… y echado la vista a mis recuerdos anteriores con paellas… recordé encontrarme con trocitos de piel de tomate y dejarlos a un borde del plato… así en plan despectivo. 25 años y yo sin saber que cargo a mis espaldas semejante repulsión…

Abierta la veda… añadió mi tía que también huelo las cosas… me pareció que estaba diciendo desvariaciones… y ahora me descubro cada día oliendo todo aquello que pasa por mis manos… es inevitable.

Por eso digo que para conocernos a nosotros mismos, lo mejor es preguntarle al de al lado… “oye, dime tú que peli es la que quiero ver… que como elija yo seguro que acabo entrando en la sala equivocada!”

Y sí… lo cierto es que mi novio me hizo caer en la cuenta de que cuando estoy nerviosa produzco un tosido breve, forzad y casi imperceptible. Una amiga me enseñó que cuando me tenso se me suben las cejas al cuero cabelludo y ahí se me quedan enganchadas un buen rato.

Pues me cansé de que los demás sepan más de mí que yo misma. He hecho un ejercicio de introspección profunda… y he hecho una lista de nuevas cosas que ahora sé que me dan manía, me molestan o me ponen de muy mal humor. Ahí va:

-    Odio: a la gente a la que le cambia el tono de voz cuando te llama desde el trabajo. Y odio todavía más ser  una de esas personas. Me pasa, creo que un poco a todos, pues por las circunstancias… no? Pero hay casos extremos. Tengo una amiga que de verdad parece que te llama al borde del suicidio cuando está en el trabajo. Un tono, serio, bajo… deprimido. Siempre me preocupo cuando me llama desde el curro…Yo: “Vale, vale… luego quedamos, pero estás bien? Ella: “Sí… luego hablamos y te cuento. Yo: “Vale, pero en serio, estás bien? Te pasa algo?” Y ella por fin aclara, pero sin dejar ese tono escalofriante: “Sí… es que te llamo desde el curro”

-    Odio: a la gente que le da por estornudar una y otra vez. Y también soy una de esas. Pero lo que realmente odio es tener que decirles “Jesús” o “Salud” una y otra vez… porque yo no puedo ignorar un estornudo… es superior a mí. Me entra tensión si no digo “Jesús” y entonces se me suben las cejas al flequillo… que me conozco. Y es un horror… porque la persona es libre de estornudar, y se siente incómoda al saber que nos distrae a todos con sus estornudos cada vez que le digo “salud”. Ya si veo que va para largo… le digo: “Mira, date por saludado que tengo mucho curro, vale?” Como si esperasen algo de mí…!!

-    Odio: a las personas que te miran y te dicen “Ay, que mala cara tienes”. Que lo dirán con buena intención, en plan: “estás malita, pobre” Pero a mi me suena a: “Uyuyuyuyuy… pero que fea que estás hoy… vamos, fea es poco!”

-    Odio, y mucho: a la gente que se corta el pelo, y se le transforma la cara. Se convierten en otra persona. Y no hablo de cambios radicales… no, algo normal, sanear. Pero no sé que les pasa a algunos que dejan de ser ellos mismos… les cambia la mirada, el gesto… y me dan desconfianza, y me caen mal hasta que vuelven a tener greñas. Quizás me molesta tanto porque mi caso es el opuesto… no importa lo que me haga en la cabeza que nadie lo nota… y siempre soy exactamente igual.

-    Odio: y lo descubrí el otro día, que me toquen el hombro mientras conduzco. Lo detesto… no sé por qué… es como si me vendaran los ojos… y a mí si me vendan los ojos no oigo… y al revés… si me tapas los oídos no veo bien. Creía que era una anomalía mía… pero resulta que un estudio ha demostrado que los sentidos están unidos, y que los raros son los que se reían diciendo que a ellos esas cosas no les pasaban.

-    Odio: a TOM TOM. Sin él no llegaría a ninguna parte… pero a veces preferiría perderme que escuchar ese tonito de sabelotodo que le ponen, me crispa los nervios.

-    Odio: a la gente que come de tapper/tartera. Odio las tarteras… nada sabe igual después de haber estado en una tartera… y odio a los que me contradicen en este punto.

-    Odio: a las personas a las que les sudan las manos. Y sí, Carlota… va por ti. Odio que me toquen y me dejen una humedad fría y caliente a la vez… una tibiez  que me estremece. Con Carlota, siempre manga larga…

-    Odio:  las llamadas perdidas que no vienen a cuento… sólo entiendo la de “ábreme que estoy abajo”. Pero esas que te llegan de repente?? Eso qué es?

-    Y ODIO: le gente que se suena los mocos en papel de escribir. Sí, existen… son poco gracias al cielo y a la Virgen María… pero a pesar de ser pocos, son demasiados. Y también a los que se suenan en los lava-manos… a esos un poco menos, pero es que yo tengo odio para todos!!

Bueno… pues me he quedado más a gusto… oye! Como que se quita una un peso de encima.

Un besito a todos… y a comportarse en mi presencia, eh? Que no oiga yo más de un estornudo, ni me llaméis si vuestro entorno laboral no os permite ser vosotros mismos, y no os paséis por la pelu antes de quedar conmigo… y si me invitáis a una buena comilona… haced una lasaña que es más laboriosa, pero fastidia menos que pelar tomates. Gracias por eso, Ti-Gin.

Besotes,

Thali y su lado más oscuro.

Ramón de Pitis

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España es especial por muchas razones. Llevo ya bastantes años viviendo en este país, y a lo largo de los años he podido comprobar que esta afirmación no es ni mucho menos gratuita. No tengo conocimiento de ningún país que se considere normal. El patriotismo es una característica innata de los pueblos, y se materializa de muchas formas, pero en todos los casos coincide en que todos pensamos que nuestro país tiene “algo” que le hace mejor que los demás. En el caso de España este pensamiento me parece absolutamente justificado, y el adjetivo de especial, entre otros tantos, se ajusta perfectamente a la esencia misma de esta nación.

Gente rara hay en todos sitios, y pretender decir que en España hay más, o que son más raros que en otros sitios no sería del todo cierto. Sí es característico, en cambio, la acogida generalizada y burlonafectuosa que los españoles dedican a estos personajes “raros”, más conocidos bajo el nombre de “frikis”. A España le encantan los frikis.

Los frikis de España son una estirpe que no deja de crecer. Por supuesto, algunos pasan de moda, pero otros tienen la suerte de quedar en el acervo cultural. Al igual que en Inglaterra se da el título de Sir a los más ilustres personajes de la sociedad Reino Unidense (me ha dado la gana), en España debería implantarse un título honorífico que diferencie a estas personas de las demás. Su mérito no es ni mucho menos despreciable. Gracias a ellos, y muchas veces a su costa (ahí reside el pequeño drama de la situación, pero no pienso hablar de ello porque quiero que sea un post alegre), la sociedad española es feliz, por un momento ciertamente fugaz, pero es feliz. Llamése “El risitas”, “El cuñado”, “Galindo”, Paquirrín”, “Dinio”, la chica del “La he liado Parda”, o el pobre desgraciado de “Contigo no, bicho”, nuestro día a día se ve inyectado de pequeñas dósis buenrollenses (me ha dado la gana), que hacen olvidar a cada uno sus pequeñas penurias.

Escribo esto porque llevo dos días de bastante buen humor, y debo ese buen humor a un tal “Ramón de Pitis”. Nótese que el apellido “de Pitis” se debe a que el pobre hombre fue grabado en la entrada de la estación de metro del mismo nombre.

El caso es que me sería difícil explicar la razón de esta alegría, provocada sin intención por parte del protagonista. No cuenta un chiste muy bueno, y de hecho su historia y relato denotan a una persona completamente perdida en el mundo en el que vive y cuya vida sin lugar a dudas ha sido un camino llenitito de espinas. Pero es que Ramón no tiene desperdicio, y su relato es fabulosamente fabuloso (me ha dado la gana). Muchos de vosotros, numerables lectores, conoceréis a mi héroe, pero me conformo con que uno sólo no lo conozca para que me haya valido la pena.

Resumidamente, los hechos son los siguientes: el programa Callejeros, de Cuatro, entrevista a Ramón, que en ese momento se encuentra de permiso carcelario. El entrevistado nos explica con todo lujo de detalles los infortunios que le han llevado a ver restringida su libertad. Un día cualquiera, Ramón se dirigía simplemente a robar un banco cualquiera, con la mala suerte de que la interventora (muy guapa por cierto) le echara a patadas. En su veloz fuga, a Ramón no le queda más remedio que meterse en un coche ajeno, con la mala suerte de que la persona en su interior reclame, también a patadas, la propiedad del vehículo. Hecho trizas, y con ganas de desahogarse, Ramón vuelve a casa y la emprende a patadas (pim pam pum) con su cuñado “el orejudo”, con la mala suerte de que éste pierde el conocimiento. Como ven, un cúmulo de malas suertes es por tanto la razón inexplicable de que la justicia de este país, una vergüenza, le impute tanto “lo del banco”, como “lo del coche” y encima “lo del cuñado”… No desaprovecha Ramón la ocasión para darnos un rápido cursillo sobre derechos fundamentales y sanidad pública. Imprescindible. Brillante.

Por supuesto, el pobre Ramón de Pitis tiene ya innumerables videos en youtube, grupos en Facebook, páginas web que le homenajean, etc. Que no se extrañe nadie si en unos días le ponen una placa y un busto en algún sitio y la estación Pitis se convierte oficialmente en la estación “Ramón de Pitis”.

Os presento a Don Ramón, uno más de la legión humana de antidepresivos de la sociedad española.

Cual

 

Doz

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…Y hablando de ser Papás, y del tiempo y energía que requiere si uno pretende ganarse la medalla al “Mejor Papá del Mundo”, tengo que añadir a este respecto que no resulta nada más fácil ser Mamá, y mucho menos la “Mejor Mamá del Mundo”.

 

Es como aquello del “poli bueno” y el “poli malo”. Y contrariamente a lo que la naturaleza pretendería dotando de una mayor fuerza física al varón, lo cierto es que hoy en día el papel de policía malvado recae de forma casi sistemática sobre la madre. Será por ser ella la que más tiempo pasa con los hijos (aunque ya no tanto), o por ser la que se encarga de la educación (cuando no lo hace la chica), o por depender de la madre la salud, alimentación y bienestar de los hijos (o al menos eso dicen)… o será por lo que sea, pero el caso es que el “marrón” (nunca mejor dicho) nos lo comemos nosotras. Bueno, depende, porque la caca y los pañales sí son cosa nuestra, pero si el nene quiere chocolate justo antes de dormir, es a Papá a quien se lo pide (Mamá siempre dice que no al chocolate, y luego se lo come ella!). Y lo mismo con los baños, las comidas, y demás componentes de la rutina infantil… que si hay prisa, o el niño está de malas, o se complica el cotidiano, ahí está Mamá, al pié del cañón, con su blusa blanca, haciendo malabares para no terminar hecha una piltrafa para el evento/cena/comida de turno; y luego el nene durmiendo tan pachorro en su sillita, pantalones fuera (directos a la basura!) mientras Mamá limpia los restos repartidos por el coche, fruto de de la gastrointeritis sufrida en plena “operación regreso” del puente del día del Padre: Bienvenida a Madrid!

(Basado en una historia real. Ver ilustración)

 

Mas si es domingo y la vida es rosa, ahí están Papá y Nene, dándose un maravilloso baño de espumas durante hooooras, para luego sentarse bien relajaditos a ver el futbol.

 

Y luego, claro, cuando le preguntas al niño “¿¿De quién es Rodolfito??”, te contesta “De Papá!!”, y tú “Bueno, vaaale, de Papá, pero también un poquito de Mamá, no?”, y él “No, de Mamá no, sólo de Papá!”.

Pos’ vale.

Será por eso que, a modo de pequeño resarcimiento, en cuanto tenemos ocasión, lo primero que les enseñamos a escribir es “mi mamá me mima”, y se lo hacemos repetir, una y otra vez, asomando la lenguecilla y apretando bien el lápiz, con letra tan forzadamente perfecta que de puro esmero se vuelve indeleble. Y así, en tan sólo un par de  meses, conseguimos lo que tantos años de desinteresada entrega nos negaron, el amor “incondicional” de nuestros hijos… a “condición”, claro está, de que les demos siempre lo que piden. Y luego nos sorprendemos cuando de adolescentes no nos quieren ver ni en fotos…! Pero si estaba cantado desde el principio!!

 

Bueno, y ahora, me enfrento a dos tipos de lectores, los que saben perfectamente de lo que hablo (los menos, para qué engañarnos, son muy pocos los amigos que tengo que se hayan lanzado ya a la maravillosa aventura de la paternidad), y los que aún no lo saben, y se están preguntando ahora mismo si les merece la pena descubrirlo. Para esos segundos va lo que sigue de este post.

 

Hola, me llamo Vero, y ésta es mi historia.

Tuve un embarazo perfecto, sin una sola complicación. Los 6 primeros meses todo era mágico, ver crecer la barriga, las pataditas del bebé, los preparativos… entonces llegó el séptimo mes, y luego el octavo… dejé de ganar un kilo y pico al mes para ganar unos 5 por semana. Pasé de 55kg a 70kg en tan sólo 8 semanas. La semana que di a luz (es un decir, en realidad me lo sacaron por cesárea), estaba tan redonda que sólo me sentía a gusto durmiendo en la bañera, con mis edredones, mis almohadas y todo.
Pero por fin, un día, todo terminó. No fue un parto complicado, principalmente porque no fue un parto propiamente dicho. Después de toda una noche de contracciones, a las 8:20 de la mañana del día 28 de marzo de 2007, me pasaron a la sala de operaciones, donde rodeada de señores vestidos con bata azul, escuché por primera vez el llanto de mi hijo.
Tardé muuuucho, mucho más de lo que considero adecuado, en asimilar lo que ese llanto implicaba… me convertía en su MAMÁ, en esa que sólo hay una, en esa de la que se presupone todo lo sabe, y que con un beso debe ser capaz de aliviar cualquier dolor. Yo! Yo que nunca había cambiado un pañal en mi vida!! Yo? Sí, yo.
Después, todo vino solo… y aquí estoy, dos años más tarde, viéndole soplar las velas (con algo de miedo, eso sí, es muy listo, pero bastante cagueta… lo ha heredado del padre, no hay duda!), mientras se auto-canta Cumpleaños Feliz, y levanta los dedos índices diciendo “Doz”.

 

No, hablando en serio, para ser Mamá es necesario un buen chute de energía, una reserva de paciencia, un enorme saco de amor para repartir, y una pizca de sentido común, pero la buena noticia es que para desarrollar todo eso no hace falta ser una super-woman, bastan una enorme barriga y 9 meses de preparación.

 

Vero.