Contra Reloj

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Hace ya más de tres meses que no escribo una palabra, y me parece que fue ayer que relataba los felices “doz” añitos de mi Pitufo.

 

 

 

Desde entonces han pasado tantas cosas, que no concibo que quepan todas en un simple trimestre… Pitu, que no para de crecer, ya parece más un niño que un bebé; mi madre ha montado (y con éxito!!) una exposición de escultura en Washington; mi hermana ha logrado ser la única becaria de su oficina a la que le han renovado el contrato, explotada, pero empleada al fin y al cabo!; su suegra se ha echado novio (y famoso!); y mi marido ha pasado a engrosar las listas del paro, y ahora planea montar su propio despacho con un compañero, y hasta ha muerto el Rey del Pop!

Y yo… la verdad, muy igual, lo que no es malo, y como siempre, ojo-plática ante la vertiginosidad de la vida.

 

Y es que, es cosa probada, aunque los científicos lo nieguen, que el ritmo del tiempo es directamente proporcional a la edad del sujeto que lo perciba.

 

Aún recuerdo cuando, estando en el cole, entre Navidad y Navidad, cabía una vida entera; cuando un compañero de clase conocido a principio de curso era “una amigo de toda la vida”; cuando tener que esperar tres semanas para celebrar el cumpleaños de “tu segunda mejor amiga” (porque entonces era así, las amistades se graduaban sin pudor, y los demás tenían que ir haciendo méritos para ir subiendo o bajando en el ranking), era tiempo suficiente para que ésta se hubiese pasado al bando de los “no te junto”; y cuando en dos meses de vacaciones nos daba tiempo hasta de olvidar que existía otra vida, llena de deberes, libros, y profesores…

 

Hoy, ya no es igual. Las Navidades se pisan unas a otras, el chico de la oficina al que aún llamas “el nuevo”, lleva más de 20 meses trabajando en la mesa contigua a la tuya, los cumpleaños de tus amigos se repiten hasta el punto de que empiezas a creer que te engañan con el fin de multiplicar los regalos, y cuando por fin llegan las vacaciones no te da tiempo ni de olvidar la contraseña de acceso al ordenador de tu despacho.

 

No, definitivamente, ya no es lo mismo. El tiempo pasa volando… y aun así nos permitimos el lujo de malgastarlo.

 

 

 

Vero