Paella con Habichuelas… o más bien de ningún lao’.

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Cuando a la gente le preguntan de dónde es, la mayoría lo tiene más o menos claro…

Algunos te dirán que de su barrio, claro, “de dónde si no iba a sacar el apodo de El Tony de Fuenla?, pues de Fuenlabrada, coño, que pa’ eso he meado en cada una de sus esquinas!”; otros te hablarán de su cuidad natal, aprovechando la ocasión para describirte con orgullo sus calles y costumbres, si no has tenido ocasión de visitarla, “pues deberías de ir, es precioso, y su gente es encantadora, y si no, mírame a mi!, jeje”; otros, menos precisos, o quizás más reservados, se limitarán a darte el nombre de su país de origen, sin necesidad de más pista ni detalle que el que se entreve de su poco disimulado acento escandinavo; y hasta alguno hay que no responda, mirándote entre atónito y desafiante desde la pupila que esconden sus rasgados ojos orientales; al fin, los más ambiguos, te dirán que “un poco de aquí, un poco de alla, yo soy ciudadano del Mundo, sabes hermano?”.

 

Pero lo cierto es que, en una medida u otra, todos conocen la respuesta a esa pregunta, todo el mundo sabe de dónde es. Todos, menos yo.

 

Sé dónde nací, claro está. Un hospital del Condado, frente al cálido mar de una islita del Caribe, el mismo hospital que este verano se convirtió en mi segundo hogar, entre un padre entubado a un suero, y un hijo ardiendo en fiebre y más caliente que el mismo sol, gracias a dios, nada grave, ni el hijo ni el padre; me vio nacer hace ya 29 años (que aún no 30!!!!). Y en esa isla crecí, rodeada de palmeras, de mi familia, de todo aquello que llena de encanto a mi tierra, y también, como no, (ni el paraíso es perfecto, en cada jardín hay una manzana!) de todo aquello que hoy me mantiene alejada de ella.

 

Siendo aún muy niña, aunque en mi cabeza y en “mi querido Diario” apareciese como una mujer hecha y derecha, mi madre se lió la manta a la cabeza, y para España que nos trajo, a mi hermana y a mi, con tan sólo 6 y 9 años. Pese a la tierna edad, adaptarnos no fue fácil, y yo dediqué mis primeros tres años en Madrid a perfeccionar mi acento, costumbres, y maneras, adaptándolas a las que creía el “estándar” de una niña española, con la mala suerte de que tomé de ejemplo a una pija re-pija, y casi me daño en el proceso. Los próximos tres, los dediqué a extrañar mi tierra, mi gente, el Yunque, el Morro, la Playa (y digo Playa, con mayúsculas, porque en eso no ha cambiado mi juicio, como las Playas de mi isla, en ningún lado!), el sol, la brisa entre las palmas, el lechón a la vara, el arroz con habichuelas con su aguacatito… y así, entre suspiro y añoranza, a planear en silencio mi regreso a Puerto Rico al cumplir los 18, convencida de que si en todo ese tiempo aún no me había acostumbrado a España, no lo haría nunca.

Y así, muy poco a poco, me sorprendió la mayoría de edad, el primer amor, y unas ganas locas de comerme el Mundo. Las visitas a Puerto Rico empezaron a espaciarse en el tiempo, ya no eran dos meses, dos veces al año, sino un mes, y cuidado! Pero con cada aterrizaje en el aeropuerto de San Juan, sonaban en mi cabeza las voces de esas dos niñas que, año tras año, entonaban “en mi viejo San Juan”, con la esperanza de “algún día volveré!”.


Y así, sumergida en mi efervescente juventud curiosa, durante un año entero viajé por Francia, Irlanda, Italia… y cuando volví a Madrid, aún me quedaban ganas, y me fui a París a estudiar derecho. Allí me enamoré de un Suizo, de madre española, con el que compartí los tres años más hermosamente jóvenes de mi vida, en un pequeño apartamento del barrio latino, frente al río y la catedral. Juntos volvimos a Madrid, y al poco vino Matteo, trayendo a nuestras vidas toda la felicidad que en nuestros corazones cabía.

 

Ya Matteo conoce Puerto Rico, su bandera, y la no tan suya pero que en todos lados está (mira mamá, son la bandera de Puerto Rico, y la de “los Unidos”, me dice!!), su sabor y su gente, nuestra gente. Conoce el ronroneo del mar, el olor de su cocina, la sopa de Wipo, los chistes de Bella, la casa de TiClau y TitoRobert al son de la clave salsera, los primos Ricardo y Marcos, la playa con Joi, y la chiringa!, los perros de MyaPía, y hasta el pulpo de TitOmar.
Ahora es también su mundo, como lo es Madrid, o como lo es Suiza.

 

Pero… y yo?? Amo mi tierra, adoro su gente, mi gente, mi familia… cuando estoy allí me siento en casa… pero ellos me llaman “la españolita”.
En Madrid en cambio está mi vida, mi marido, mi hijo, la realidad que me he ido construyendo durante años… hablo con un perfecto acento castizo, visto como una españolita más, y hasta me han concedido la nacionalidad española. Sin embargo, aún la gente me pregunta al verme: “De dónde eres??”

 

Pues, lo cierto es que no lo sé. No soy La Vero del Condado, ni he orinado sus esquinas; ni hablo de Madrid como si su gente, y sobretodo yo, fuera lo mejor que ha parido madre; ni tengo que disimular un acento gringo cuando enseño el pasaporte USA; y hasta me río cuando mis rasgados ojos me confieren un equivocado origen oriental…

 

No, si, al final, va a tener razón el hippie, “ni paella, ni arroz con habichelas; ni de aquí, ni de allá…o más bien de ningún lao’!!”

Vero

Los pelos no sólo crecen de noche, gracias.

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En la vida hay cosas que, de tan evidentes que resultan, nos pasan inadvertidas.
Así, por ejemplo, el hecho de que el acto de escribir sea de por si una acción incompleta, vacía de sentido, sin la existencia de un lector destinatario del mensaje escrito. Este receptor puede ser cualquiera, un público generalizado, o un determinado individuo, incluso cabe que el lector y el autor confluyan en una misma persona, véase por ejemplo el caso de los famosos “My Dear Diary” o “Diarios de adolescentes”, que yo personalmente llevé de manera concienzuda y disciplinada durante más de 5 años. Los escribía para mí, o quizás más exactamente para mi yo futro, mi intención nunca fue hacerlos públicos, y doy gracias a dios (y a mis padres y hermana) de que permanecieran siempre en el cajón de lo más íntimo, pero lo cierto es que, de haber sabido que jamás volvería a leer sus páginas, muy probablemente me habría ahorrado escribirlos. O quizás no…

 

Dicen también que escribir sirve para conocerse mejor, para ordenar las ideas… como una especie de auto-análisis, ya sea de uno mismo o de una situación concreta (en cuyo caso habría que suprimir el “auto” de la palabra análisis, claro está, pero me gusta más así; siempre hay algo de “auto” oculto en cualquier escrito, esa gota de subjetivismo que hace que se diferencie de todo lo demás). Sea como sea, o al menos así lo entiendo yo, no es el hecho de escribir en si lo que aclara los pensamientos, sino la relectura subconsciente de lo escrito, o más bien de lo que vamos a escribir. El proceso es más o menos el siguiente: ideas vagando por nuestra mente -proceso de síntesis y estructuración mental de las mismas - lectura primitiva de las ideas y su traducción al lenguaje verbal – plasmación escrita de estas palabras – lectura final de las mismas y su confrontación con lo idea original con el fin de verificar su adecuación – obtención de conclusiones. Así, es necesaria la lectura de lo escrito para que éste adquiera su sentido último: la transmisión de la idea, o comunicación.

 

Y es que, por muy evidente que parezca todo esto, lo cierto es que a veces no lo tenemos en cuenta. Tal y como olvidamos que los mangos de las sartenes al fuego queman, o que reír y beber al mismo tiempo es un binomio desaconsejado. Hasta tengo un amigo que en una ocasión usó la mano con la que sujetaba una copa para estrechar por primera vez la mano de su suegro, vertiéndole sin remedio la pegajosa mezcla de whisky-cola hasta mojarle los zapatos. Una escena tragi-cómica, digna del mejor Charles Chaplin, aunque no sé si su suegro estaría de acuerdo conmigo.

Y es que como decía al principio, los pelos no sólo crecen de noche, pero no es sino por la mañana cuando descubres que hoy toca depilarse.

 

Cuando comenzamos este proyecto de “Las Gafas”, se trataba más bien de un entretenimiento de hermanas, una manera de mantenernos unidas, de compartir emociones, de plasmar el mundo a nuestra manera, y de reírnos de él, de todo, de todos, y de nosotras mismas… pero lo cierto es que, como ocurre con los pelos, hoy me despierto y descubro que no es sino la conciencia de nuestros lectores lo que da sentido a este proyecto. Gracias a todos!

Vero