Pipí, EN EL BAÑO!!

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Ya casi lo habíamos conseguido, la peor parte ya había pasado… atrás quedaban los pantalones orinados, y los calzoncillos color parduzco; atrás las carreras al baño cada 9 minutos, y la eterna pregunta en los labios: “quieres hacer pipí, caca, algo…?? seguro, mi amor??”.
Su vejiga se había acostumbrado, habíamos vencido: el pipí y la caca, en el baño, amén.

 

Entonces empezó la guarde…
Uno pensaría que, de un lugar que se hace llamar “centro de educación infantil”, y donde lo más que enseñan a los niños es a cantar “Yo tengo una casita que es así y así”, “El patio de mi casa es particular”, y “La Twibsy-Bipsy Araña”, no sería desmesurado exigir que además les transmitieran los beneficios y buenaventras del control de esfínteres… pues no! Más aún, en la mía, les desenseñan directamente.

 

El primer día, todo fue perfecto. El niño parecía encantado de retomar el curso después del verano. Se dio la vuelta, nos dijo adiós con la mano, y se alejó dando saltitos hacia su nuevo salón de “clases”. Volvió seco.
El segundo, llegó a casa y me informó de que “Matteo hizo un poco de pipí en el calzoncillo, pero sólo un poquito”
El tercer día, se meó tres veces, y justo antes de que lo fuéramos a buscar, y para rematar bien la faena, se cagó. Llegó a casa con tres mudas sucias en una bolsita, la primera suya, las otras dos, no. Vergüenza me dio devolverlas el día siguiente, pese a mis laboriosos esfuerzos por eliminar los restos fecales de mi “angelito”!

 

Ese día lo regañamos. “A Matteo no le gustan los baños del cole”, replicó, “Son pequeñitos. Matteo hace pipí en SU baño de SU casa”.

 

Desde entonces, ni una gota. Pero con ni una gota, me refiero a NI UNA GOTA!!! Ni en el calzoncillo, ni el baño, ni en ningún sitio!! Simplemente dejó de evacuar. Al llegar al cole, cerraba las compuertas, y así las mantenía hasta llegada la hora de salida, de donde salía escopetado hacia el primer arbolito de la calle y se desahogaba en un infinito torrente de orín contenido.

 

O al menos eso es lo que yo pensaba… hasta que el otro día, ya preocupada con su sobrenatural capacidad retentiva (y eso que yo soy famosa por el diminuto tamaño de mi vejiga, pudiendo incluso tener que levantarme para ir al baño hasta 8 veces en una hora!!), le pregunté porqué nunca hacía pipí en el cole, a lo que me contestó tan naturalmente “Es que, es que, es que -a veces le da con repetir lo mismo durante horas-… la profe le pone pamper (así llama a los pañales) a Matteo, y luego se lo quita y le pone calzoncillos” (Hago notar al lector que soy consciente de la tendencia de los niños a mentir, y no pretendo con esto excusar al mío de haber faltado al octavo mandamiento, pero… esta mentira, “me vuelve a poner los calzoncillos”, era demasiado elaborada..!!)

 

Con dos cojones y un palito!! -Como diría una amiga mía- Esa misma mañana había llamado para hablar con su profesora sobre su trauma sanitario, y me juró y perjuró que hacían todo lo posible, pero que por mucho que le llevaban al baño, el niño simplemente se negaba a hacer pipí. “Eso sí -me dijo- en los pantalones no se hace ni una gota!”
No te jode, si le pones pañales, cómo coño se va a mojar los pantalones??!!

 

Desde entonces le llevo con pañales… que al menos parezca iniciativa nuestra. Ya sabes, mejor equivocarte a sabiendas, que acertar a ciegas.

 

Hoy me despierto y leo en la portada de El Mundo Digital:

Si mañana el niño llega con el pelo mojado… al menos sabré que leen la prensa!!

 

Vero

Sin Complejos…

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Todo el mundo tiene sus defectos, Nadie es perfecto.

 

Es algo que todos sabemos, pero que por alguna razón nos cuesta inmensamente aceptar.

 

Ya sea en el plano intelectual, como en el puramente físico, al ser humano le resulta de una complejidad extrema discernir sus carencias con la misma clarividencia con que detecta de un rápido vistazo las taras de sus congéneres. Aquello de “la viga en el ojo ajeno”…

 

Rechazamos la idea de la propia imperfección desde la misma cuna en la que nuestros padres nos repitieron sin cesar eso de “quien es el niño más guapo, más listo, más simpático…??”.
En lo que se refiere a la imperfección ajena, en cambio, la negación empieza con el primer amor, y termina con el primer desengaño.

 

Pero es esta primera, la conciencia del “yo perfecto”, o más bien la inconciencia del “yo fallido”, la que me interesa abordar ahora.

 

Es fascinante la capacidad que tienen (tenemos, muy probablemente) algunos individuos de modelar la imagen que un despiadado espejo se empeña en reflejarnos. O quizás su (nuestra??) habilidad consiste, no tanto en disfrazar esa imagen, sino en saber transformarla a un lenguaje plagado de diminutivos y connotaciones afectivas, que hacen del susodicho defecto algo casi entrañable. Así, por ejemplo, las carnes que se descuelgan de nuestra cintura por el mes de enero, como consecuencia del atracón navideño, y que no nos quitamos de encima hasta bien entrado el mes de mayo, no son jirones de grasa, sino “graciosos rollitos de de primavera”; el cabello blanquecino que aflora en nuestras sienes a partir de la cuarentena, no son mechones de canas, sino “reflejos de madurez”; y a los múltiples defectos que adornan nuestra anatomía, que van desde unos pies desproporcionadamente largos, a unas orejas con punta de duende, nos empeñamos en elevarlos a la categoría de “extraordinarios” en tanto y en cuanto nos hacen “únicos”.

 

No somos auto-críticos, y el problema es que al final, tanta negación acaba por perjudicarnos. Y es que no hay más ciego que el que no quiere ver! Qué hay más triste si no, que el pobre calvo, que es el único en la faz de la Tierra que aún no sabe que lo es!! Y no porque el epicentro de su calva esté situado en un punto de difícil acceso visual como es la coronilla, sino porque aunque hace años ya que la mal-venida calva se extendió por toda la curvatura de su cocorota, el tío insiste en peinar su largo y único mechón, de oreja a oreja, en un fallido intento de pretender una melena, que no convence a nadie sino a él mismo.

Igual que la gordita que saca a pasear sus carnes entre un ajustado top por encima del ombligo y unos estrechos vaqueros que le sacarían la chicha a la mismísima Kate Moss…

No os engañeis, no se trata de “Gente DYC”, no es por falta de complejos, sino por desconocimiento de los mismos!!!!

 

Yo, por mi parte, creo que resultaría más provechoso dedicar la mitad de las horas que dedicamos a engañarnos, a la simple tarea de observarnos con objetividad, o incluso mejor, con la misma subjetividad mezquina con la que juzgamos a los demás…

 

Quizás así acabaría por entender la razón de que nadie (salvo tú, Clau) comente jamás estos posts…

No es que nadie los lea, no! Es que son tan buenos que a la gente le da reparo no estar a la altura. Eso es!

 

Vero