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Hacer el Ridículo
Posted in El pan nuestro de cada día, Lo que cuenta cada Cual | 3 Comments »De día, en la calle, de camino al despacho, trajeado, corbata ajustada, camisa planchada, mirada pensativa y caminar firme y decidido, aparezco ante los ojos de la gente como una persona formal, un joven profesional de aspecto serio, un trabajador más de los miles que cada día acuden prestos a su lugar de trabajo. Un auténtico señor.
De noche, y, sobre todo, en casa, me desprendo del disfraz. No tengo un pijama elegante (como el de Barney), y aunque lo tuviese, seguiría prefiriendo quedarme con mi estupendo conjunto gayumbo-camiseta. No sólo eso, sino que adopto todo tipo de expresiones y sonidos que uso exclusivamente en mi entorno familiar más cercano. Me refiero a mi hijo como “fluflu” o “piruflete” y a mi mujer como “flafla” o “pirufletas”, todo ello con una serie de sonidos ridículos que negaría haber usado jamás si me preguntasen al respecto ante un tribunal. Encima me dedico a perfeccionar una habilidad innata y sobre-desarrollada a hacer el payaso. Un auténtico capullo.
Ayer me pasó factura. No es la primera vez, pero, qué carajo, es de las mejores, y se merece que lo haga público.
Estaba yo en casa, con mi hijo, preparándole su cenita, de buen humor, y esperando la llegada inminente de mi esposa, cuando oí un ruido de pasos acercándose poco a poco a nuestra puerta. Las llegadas al hogar, en mi familia, son un ritual repleto de pequeñas costumbres, que básicamente cumplen la función de celebrar la llegada del familiar como si éste hubiese desaparecido durante 25 años, como Harriet Vanger. Así que me aposté frente a la puerta, en el mismo momento en que oía como mi esperada esposa sacaba las llaves del bolso, a la vez que entonaba un cariñoso “Matteeeeeeeeooooooooo”, deseando sin duda ser recibida por un hijo añorado más que por un esposo harto-visto.
Como Matteo se encontraba viendo sus dibus en el salón, se me ocurrió la brillante e hilarante idea de arrodillarme y poner cara y gesto de niño sonriente. Cuando abrió Vero la puerta, le solté un “Mamaaaaaaaaaaaaa!!!” infantilmente distorsionado, y enseguida noté que algo iba mal… Vero abrió grandes los ojos, regocijándose ante la situación que yo aun desconocía. Y es que de pronto se apartó un poco, anunciándome la (por mi) inesperada visita de Lucy, compañera de oficina, la cual deseó de inmediato desaparecer como por arte de magia, para evitarme el trauma mental de tener que justificar tan indecorosa postura. Por supuesto, inmediatamente perdí el conocimiento, y mi cerebro hizo un reinicio automático (lo tengo programado así para casos de emergencia), por lo que no recuerdo en absoluto cuales fueron mis desesperadas palabras por salir a la superficie de la dignidad humana.
Gracias a Dios, supongo que toda España oyó la risa incontrolable de Vero, y la pobre Lucy puso cara de aquinohapasadonadatutranquiqueseránuestrosecretito, y muy virilmente me puse de pie y seguí a mis quehaceres.
Hoy me he puesto de nuevo el traje para ir a trabajar, y he tomado la irrevocable decisión de no volver a quitármelo JAMÁS.
Cual