Crónicas desde un cuarto cualquiera de un hospital cualquiera

Posted on Thursday, May 13th, 2010 at 11:19 am

Bien podría haber especificado de que hospital se trata, o haber precisado que, por cuestiones del azar, mi habitación no es precisamente un cuarto cualquiera, sino que se trata de una mini suite, la habitación más amplia del hospital según me han informado hoy, abierta y luminosa, con su salita-recibidor, baño privado, vistas directas a casa de mi familia política (que por otra parte es como mi familia-familia, al encontrarse la mía del otro lado del océano, y tratarme éstos como uno más), lo que me proporciona inmensas ventajas, entre las que destaco la sensación de cercanía a casa, las visitas cotidianas, el acceso gratuito a internet a través de la red wifi de mi suegra (gracias Alita!), y lo más importante, la imagen de mi chiquitín saludándome cada mediodía desde el balcón del edificio de enfrente, lanzando besos voladores, y riendo y riendo al verme en mi batín azul.

 

Pero no, estas crónicas no pretenden realzar el aspecto más íntimo de mi estancia, sino todo lo contrario, plasmar de la manera más impersonal posible la generalidad de un ingreso hospitalario.

 

DIA 1:                     

Son las 11:00h, hace aproximadamente 90 minutos que entre por la puerta de Urgencias (es mi cuarta visita a urgencias en las últimas 48 horas, por lo que no sé bien si empiezan a considerar mi causa como meritoria de cuidados, o víctima probable de la demencia gestacional), y llevo casi 20 enchufada a un suero y con un termómetro bajo el brazo, a nadie parece importarle realmente lo que marque, simplemente que esté ahí.

12:30h. Ya estoy en mi habitación cualquiera, me indican que me ponga el batín azul, que pronto vendrá a verme un médico.

13:10h. Entra una señorita con una bandeja, es mi comida!! Caldo de pollo sin sal y una botellita de agua.

15:40h. Por fin entra un señor, que por su apariencia y semblante, bien podría ser mi médico…. “Hola doctor”, me aventuro a saludar. Me  mira con cierta sorna, se trata del celador. Me sienta en una silla de ruedas y me conduce a una salita de espera, repleta de otra gente, bien vestida (o sea, no en batín!!), que espera pacientemente su turno en la consulta del especialista. Todos me miran sin mirar.

17:00h. Mi merienda, una manzanilla. La enfermera me anuncia que pasaré aquí la noche, y que la internista me ha asignado dieta líquida. Me resigno.

20:00h. Es la misma enfermera, trae la cena. De nuevo caldo de pollo, esta vez con sal, pero aun sin fideos. Casi agradezco el manjar, y procedo a engullirlo. Al rato, caigo rendida…

La noche avanza lenta, las visitas de las enfermeras a cambiarme el suero y limpiar la vía son continuas… “Al menos me tienen controlada”, pienso, y vuelvo a sumergirme en un tedioso sueño.

 

DÍA 2, DIA 3… DIA X:

7:00h. Los ruidos de la calle me despiertan. Es curioso, en casa nunca los escucho, pero hoy, precisamente ahora que no tengo nada que hacer, mi cuerpo se niega a alargar el sueño.

8:00h. El desayuno, manzanilla.

El resto del día transcurre de forma muy similar al anterior, y al siguiente, y al de más arriba… sólo que ya voy conociendo las caras, distingo al celador de mi médico, reconozco a varias de las enfermeras y ayudantes, y hasta recuerdo con cuál tuve ayer aquella conversación sobre el partido del Atleti (por lo general no veo el futbol, pero… lo que hace el aburrimiento! Y oye, Aupa Atleti, que se lo tenía merecido!!).

 

Nada cambia, todo permanece, las sábanas blancas, los batines azules, las manzanillas y caldos que se intercalan en el tiempo, los sueros, las vías… todo es lo mismo. Sólo una cosa me saca de la monotonía… desde el otro lado de la calle, un niño se asoma a la ventana, sonríe, me señala con el dedo, y puedo escuchar su vocecita que dice “Mamá, ponte buena y vuelve a casa pronto”.

 

Ya voy, Huevito, ya  voy.

 

 

Vero

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