Santa ’s Calling

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No sé si a vosotros también os llamaba, a mi desde luego sí. Cada año, alrededor del día 20, la misma voz sonaba al otro lado de la línea: “Jo, Jo, Jo, Feliz Navidad!!”

La fantasía era absoluta, lo intangible se volvía palpable por segundos. Era Papá Noel, o “Santa Clós”, que es como lo llamamos en mi tierra de spanglish vendida al mejor postor, donde tanto tiran los renos de un trineo dorado y rojo, como los camellos de unos caballeros (o se dice camelleros??!!) de Oriente, y donde los niños se pierden en montañas de juguetes traídos directamente desde un fantástico Toys ‘R Us cuya superficie supera a la del Santiago Bernabeu, mientras en la isla vecina una madre se siente afortunada, y canturrea en su mecedora, cosiendo un botón azul donde antes estaba el ojo derecho de la vieja muñeca de trapo que regalará a sus tres hijas esta Navidad.

Pero como dice la canción, si el Norte fuera el Sur sería la misma porquería. Y como es Navidad, mejor juguemos a ser niños, y ya que estamos, niños ricos, y sumerjámonos en esa magia Navideña que sólo las mentes más inocentes son capaces de vivir plenamente.

 

Y es que… a alguien se lo ocurre mejor mentira que ésta?! Yo, personalmente, siempre he creído que educar a los niños sólo es posible a través de la verdad (una verdad ajustada a su tamaño y estatura, claro está, pues ni los niños vienen de París, ni es conveniente ilustrarles en el arte del Camasutra a la temprana edad de 10 años, que luego pasan cosas como la de mi cuñado, que aconsejó muy sabiamente a su hermano pequeño –hoy mi marido- que siempre que se “tocara”, extremara las precauciones, no fuera a ser que se viera auto-inseminado por su propio esperma, que eso era incesto!!). Decía, que yo que defiendo que hablarles con la verdad es la única manera de hacer de nuestros hijos seres íntegros, me permito y permitiré faltar a mis principios en este asuntillo navideño, y a este fin haré todo lo que en mis manos esté para hacerles espectadores y actores de este mágico espectáculo. Y esto incluye, claro está, la incondicional llamada de Papá Noel, argumento al que me aferré durante años (”Pues claro que existe, a mi me llama cada año!!”) para rebatir los incansables ataques de mis blasfemos compañeros del cole, arguyendo que los Reyes eran los padres (Consejo: hay que tener cuidado con que el que efectúe la llamada no sea ninguno de los dos progenitores, o ningún otro adulto del hogar, pues siempre está el listillo del hermano mayor –de nuevo mi cuñado-, que arrastra al pequeño del brazo –de nuevo mi marido- hacia el cuarto en el que se esconde papá, mientras la pequeña de la casa habla con Papá Noel, para sorprenderle en medio de un estruendoso Jo Jo Jo).

En cambio, tengo que decir, que las cosas llevadas al extremo nunca son recomendables, y existe, aunque no lo creáis, existe, una edad razonable en la que es conveniente ir abandonando las llamadas, pues los atracones de realidad pueden resultar indigestos, y la verdad a pequeñas dosis siempre es más fácil de tragar. Aún recuerdo la decepción que me supuso oír a mi padre preguntarme en el que fue para mi el último día de Navidad de mi infancia, si creía que mi hermana ya sabía lo de los Reyes, pues no le había dado tiempo de comprarnos nada, y si me parecía bien, nos íbamos juntos a Toys ‘R Us el día siguiente a elegir lo que quisiéramos (sí, yo nací en “esa mitad” de la tierra, la de la abundancia navideña, la de las montañas de regalos… lo siento). Lo que no hace que a mis 29 años, haya dejado pasar uno solo sin dejarles a sus Majestades algún refrigerio, y agua y hierba para sus camellos.

Y tampoco considero que ir a sentarse en la falda de Sus Majestades de Oriente, ni encontrarse con un gordito vestido de blanco y rojo, con una enorme barba, y una campana, en medio del centro comercial, contribuya a mantener la ilusión, sino todo lo contrario!! Y, sin ánimo de ofender, el tío/primo barrigón que todos los años, y con su mejor intención, se disfraza de Papá Noel y reparte regalos la noche del 24 a cada uno de los familiares presentes… tampoco me mola!! A Papá Noel y a los Reyes Magos, por lo mismo de ser magos, no se les ve, se les intuye!! Vienen cuando duermes, te vigilan durante el año, cuidan de tus sueños, y se encargan de hacerlos realidad… y ahí estriba la magia.

Pero como vivimos en sociedad, y hay que conciliar posturas… Vaaaaaaaaaaaaaaale, acepto que Papá Noel se pasee por el Corte Inglés repartiendo caramelos a los niños (le diré a Matteo que es un representante, una especie de mensajero. Eso me decían a mi ante la incansable pregunta: “Mami, mami, está más flaco que ayer, y tiene la barba más larga y menos blanca, lo ves?, lo ves??!!”. Y, lo peor es que colaba); y acepto hacer la cola para que se suba en la falda de los Reyes Magos; y hasta que venga un inusual San Nicolás a la guarde, confundiendo nociones en la pequeña pero evolucionada mente de mi Pitufo… me rindo!

 

Eso sí, como buena descendiente de ambos mundos, y siendo imposible llegar a un acuerdo sobre qué costumbre mantener, si la del gordito atlético o la de los moros a camello, pues mi marido creció en una blanca y nevada Suiza más cercana al Polo Norte, y yo en un cálido y semi-colonizado Caribe, cuya raíz latina se aferra a la tradición de los venidos del desierto… pues a nuestra casa vienen todos, Papá Noel con sus renos, y los Reyes con sus camellos, y al que no le guste, que no mire.


Con una particularidad, y con el fin de limitar los estragos que la fiebre consumista va produciendo en tan bondadosa festividad, mi marido y yo hemos llegado un acuerdo. La montaña de regalos fabricados por una panda de enanitos esclavos allá en el Polo, y el espíritu de la abundancia, colmarán nuestro hogar la noche del 24 de diciembre, mientras que la noche del 5 de enero, unos agradecidos Reyes Magos podrán retomar fuerzas en nuestro salón, sin tener que dejar nada a cambio, donde les esperan suculentos manjares (galletas y leche), y un saco de ilusión y buenas acciones para el nuevo año, así como un par de regalitos para llevar a aquellos niños que, al ser de “la otra mitad”, no tienen un Papá Noel que les colme de caprichos (no demasiados, tampoco hay que abusar!! Que luego nos acusan de ir contagiando al tercer mundo nuestra insaciable necesidad de consumo).

 


Y Feliz Navidad a ti también!!

 

Vero

Hacer el Ridículo

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De día, en la calle, de camino al despacho, trajeado, corbata ajustada, camisa planchada, mirada pensativa y caminar firme y decidido, aparezco ante los ojos de la gente como una persona formal, un joven profesional de aspecto serio, un trabajador más de los miles que cada día acuden prestos a su lugar de trabajo. Un auténtico señor.

De noche, y, sobre todo, en casa, me desprendo del disfraz. No tengo un pijama elegante (como el de Barney), y aunque lo tuviese, seguiría prefiriendo quedarme con mi estupendo conjunto gayumbo-camiseta. No sólo eso, sino que adopto todo tipo de expresiones y sonidos que uso exclusivamente en mi entorno familiar más cercano. Me refiero a mi hijo como “fluflu” o “piruflete” y a mi mujer como “flafla” o “pirufletas”, todo ello con una serie de sonidos ridículos que negaría haber usado jamás si me preguntasen al respecto ante un tribunal. Encima me dedico a perfeccionar una habilidad innata y sobre-desarrollada a hacer el payaso. Un auténtico capullo.

 

Ayer me pasó factura. No es la primera vez, pero, qué carajo, es de las mejores, y se merece que lo haga público.

Estaba yo en casa, con mi hijo, preparándole su cenita, de buen humor, y esperando la llegada inminente de mi esposa, cuando oí un ruido de pasos acercándose poco a poco a nuestra puerta. Las llegadas al hogar, en mi familia, son un ritual repleto de pequeñas costumbres, que básicamente cumplen la función de celebrar la llegada del familiar como si éste hubiese desaparecido durante 25 años, como Harriet Vanger. Así que me aposté frente a la puerta, en el mismo momento en que oía como mi esperada esposa sacaba las llaves del bolso, a la vez que entonaba un cariñoso “Matteeeeeeeeooooooooo”, deseando sin duda ser recibida por un hijo añorado más que por un esposo harto-visto.

Como Matteo se encontraba viendo sus dibus en el salón, se me ocurrió la brillante e hilarante idea de arrodillarme y poner cara y gesto de niño sonriente. Cuando abrió Vero la puerta, le solté un “Mamaaaaaaaaaaaaa!!!” infantilmente distorsionado, y enseguida noté que algo iba mal… Vero abrió grandes los ojos, regocijándose ante la situación que yo aun desconocía. Y es que de pronto se apartó un poco, anunciándome la (por mi) inesperada visita de Lucy, compañera de oficina, la cual deseó de inmediato desaparecer como por arte de magia, para evitarme el trauma mental de tener que justificar tan indecorosa postura. Por supuesto, inmediatamente perdí el conocimiento, y mi cerebro hizo un reinicio automático (lo tengo programado así para casos de emergencia), por lo que no recuerdo en absoluto cuales fueron mis desesperadas palabras por salir a la superficie de la dignidad humana.

Gracias a Dios, supongo que toda España oyó la risa incontrolable de Vero, y la pobre Lucy puso cara de aquinohapasadonadatutranquiqueseránuestrosecretito, y muy virilmente me puse de pie y seguí a mis quehaceres.

 

Hoy me he puesto de nuevo el traje para ir a trabajar, y he tomado la irrevocable decisión de no volver a quitármelo JAMÁS.

 

Cual

Madre sólo hay una… gracias a Dios!

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Mi madre es una persona muy especial, en todas las acepciones posibles de la palabra…

Será mejor que os lo ilustre en un ejemplo.

Esta conversación la tuvimos ayer. Después de tres semanas desde la muerte de su ordenador, después de tres semanas desde que se apropió del mío… me llama.

Yo: Hola Mamita!

Ella: … pues eso, imprimimos unas 200 invitaciones… o cancelamos la exposición?!… déjame ver…

El de las impresiones: Hombre, Mireille… son para mañana, llevamos un mes decidiendo este asunto… no es por presionarla, pero me vendría bien una respuesta definitiva.

Yo: Maaaaaaaaaammmmmmmmmmiiiiiiiiiii… mami, mami, mamiiiii

Ella: Sí, sí. Claro, claro… una respuesta definitiva…a ver…

Yo: Mmmmmaaaaaammmmmmmmi, mami!

Ella: … sí? Ay… Thali, se me olvidó que te había llamado. Je je! Es que estoy aquí con Rafa, el de imprenta… y bueno, no sabes…estamos aquí tomando decisiones. Bueno, que es un cielo… se ríe. Ay, Thali… te iba a pedir una cosa,  tú podrías-?

Yo: Mami, estoy en el trabajo, de verdad que estoy liada.

Ella: Ah! Claro, estás en el trabajo… bueno chica pero no me puedes hacer el favorcito?

Yo: Mami, es que ahora mismo estoy muy liada.

Ella: Ah…bueno… claro, liada… de todos modos, bueno… tú cuando tengas un ratito me haces un fotomontage, me diseñas la tarjeta de visita y me redactas un textito…

Yo: Mami-

Ella: Yo te dejo mandado por mail lo que he hecho ya…

Yo: Y por qué no lo vemos esta noche en casa?… por cierto, te han dado ya tu ordenador nuevo?

Ella: Ay… sí, nena. Al final es un MAC.

Yo: Cómo que al final es un MAC? Lo habrás decidido tú.

Ella: Sí, sí… yo es que ne-ce-si-to un MAC.

Yo: Mami… no necesitas un MAC, para lo que haces un PC te sobra… los MACS son caros, son complicados de utilizar-

Ella: Thali. Yo ya dije que la siguiente vez que me comprara un ordenador sería un MAC. Tú no lo entiendes. Lo ne-ce-si-to para mi trabajo.

Yo: Bueno, lo que sea. Me alegro.

Ella: Ay, gracias. Y yo. Está en casa en su cajita.

Yo: Pues perfecto porque esta noche voy a ver una peli y ne-ce-si-to mi ordenador de vuelta.

Ella: Ah, no, no, no, no, no! No te lo puedes llevar.

Yo: Qué dices? Pero si ya tienes tu ordenador.

Ella: Ya, hija. Pero es que es un MAC, no sé utilizarlo.

 

Con todo el cariño del mundo, a mi mamá… una persona muy especial.

Besotes

 

MUY FELIZ CUMPLEAÑOS

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Salvo mi 11º cumpleaños, y recuerdo que era el 11º porque faltó poco para que las dos velas puntiagudas que representaban sendos 1 se me clavaran en los ojos dejándome invidente de por vida, cuando una prima cuyo nombre no quiero delatar (tú sabes bien que eres tú, L.M.) colmó sus mejores fantasías jocosas restregándome la elaborada tarta de cumpleaños en toda la cara… pues decía, que, salvo ese desafortunado incidente, recuerdo con inmenso cariño todos y cada uno de mis 29 cumpleaños.

 

En gran medida se lo debo a mi padre, que, desde que tengo uso de razón, se ha esmerado, igual que hizo con la Navidad,  en darle a estas festividades un carácter de mágica fantasía que todo lo envuelve, tipo la musiquita del castillo de Disney. (No sé qué tiene esa musiquita, pero lo cierto es que casi alcanzada la treintena, cada vez que la oigo se me paran los pelos!!)

 

Como yo cumplo en agosto, siempre me ha pasado lo típico de que ninguno de tus amigos del cole está para celebrar tu cumple, pero en honor a la verdad, eso nunca me ha importado. Total, he pasado por 5 coles distintos entre los 3 y los 17 años (los 18 los cumplí en agosto, así que ya había terminado), lo que no me ha ayudado nunca a la hora de estrechar lazos con mis compañeros (respecto a esto tengo que añadir que hoy me arrepiento de no haberme esmerado más), y como durante toda mi edad media-infante y parte de mi adolescencia, mi única obsesión fue siempre volver a Puerto Rico, lo cierto es que el hecho de que mi cumpleaños coincidiera sistemáticamente con mis vacaciones en la Isla, me pareció siempre más una suerte que un motivo de queja. De hecho, sólo recuerdo 3 cumpleaños celebrados lejos de mi tierra: los 3 años los celebramos en Haití, en casa de mis abuelos, junto con el bautizo de mi hermana, y nos trajeron un burrito para dar vueltas por el jardín; los 8 los celebré en Madrid, en unas vacaciones de verano, justo un año antes de trasladarnos aquí de forma definitiva, cosas del destino… ; y los 28 los celebré en Las Vegas, en compañía de mi recién estrenado marido, en plena Luna de Miel. Fuimos a ver el espectáculo de “O”, del Cirque du Soleil. Mereció la pena saltarse la tradición.

 

Por lo demás, todos los cumpleaños que recuerdo han sido en Puerto Rico, bajo la mágica batuta de mi padre, y siempre con las mismas caras: Clau, Gemelas, Libe, Thali, bendito, cuando la dejábamos venir… Los escenarios: Plaza Acuática (una especie de AquaPark boricua que era mi pasión por entonces), Hacienda Carabalí y sus caballos, Kayaking en la laguna, más Plaza Acuática, y las inolvidables fiestas de pijamas “sólo chicas” en el Caribe Hilton, Normandie, o El Conquistador (Clau, nunca te agradeceré lo suficiente que dejaras a tu marido tirado un fin de semana para escaparte con nosotras y tu barriga de 8 meses a celebrar otro de mis ya tradicionales cumpleaños). Tranquilo Papi, nunca hubo verdadero peligro… Fue en una de esas en las que, paseando bajo la luna por los jardines del hotel, acabé besando al que hoy es uno de mis más adorados amigos, mas no mi marido pues además es homosexual. Esas cosas de la vida…!

 

 

Hoy no es mi cumpleaños, no. No es agosto, ni estoy en Puerto Rico, ni siquiera me rodean los de siempre. Estoy sola, frente a mi ordenador. Pero igualmente estoy de fiesta.
Hace un año colgábamos nuestro primer post, sin saber bien si sería el único, o si después de ese vendrían más, sin saber porqué lo hacíamos ni a quién exactamente iba dirigido.
Hoy, un año y 65 post después, sigo sin saber porqué lo hacemos, y mi idea de a quién va dirigido no es más certera tampoco, pero una cosa tengo clara, y es que, cada vez que surge una idea, cada palabra que escribo, cada texto que comparto… me acero un poquito más a esa magia.

 

 

 

Y que cuuuuumplas muuuuuuuuuchos más, tan-tan!!

Vero

 

Desaparecida en Combate

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Desaparecida en combate

No me gusta escribir si no tengo nada que decir, de ahí que me haya descolgado del mundo virtual los últimos meses.

Prefiero contar cosas que veo, y cómo las veo yo, de eso van “las gafas”. He estado unas semanas recluida en casa, y en casa pasan cosas, pero el tipo de experiencias que suelo contar… esas sólo las encuentras en la calle.

Mi cuarentena hogareña fue consecuencia de un accidente de coche. Todo bien, y nooo… aún no estoy con ganas de escribir un post sobre eso. Más adelante quizás.

Han pasado ya dos meses desde el “susto” y esta semana vuelvo a estar en la calle… o como diría mi traumatólogo: “mejora suficiente para reiniciar actividad pero debe continuar rehabilitación”

Vuelta al trabajo, a los atascos matutinos, a las impresoras que no tienen papel… pero también novedades.

Por recomendación de mi fisioterapeuta he empezado a dar clases de aquafitness. Atrás quedaron los martes de Bollywood y los domingos de Football “femenino”.

Hola a los vestuarios encharcados en sudores ajenos, a los pechos “calcetín” de las ya maduritas que antepusieron la buena alimentación de sus mochuelos a las fantasías de sus esposos.

Hoy fue mi primera clase. Llegué con tiempo de sobra, y me choqué de golpe con ese aire húmedo y artificialmente tropical que se “respira” en las piscinas cubiertas.

Como ya adelanté, primera visita al vestuario… con sus consecuentes traumas. Además de un aire asfixiante  empapado, se respira una falta de pudor, un exceso de naturalidad a la hora de exponer esos cuerpos desnudos.

Yo peco de recatada… soy monjil para asuntos de “destape”, no me gusta ver ni ser vista por desconocidos. Coño… por algo les llamarán las partes íntimas… seguro que ni los propios maridos han vislumbrado en los últimos años los cuerpos de sus señoras tanto como yo en esta visita obligada al vestuario.

De la sala de los horrores a la zona de las piscinas para esperar el comienzo de mi clase.

La profesora me comenta que en mi grupo son gente mayor… trato de mantener mi ilusión convenciéndome de que quizás ir a clase con señoras de sesenta y tantos tenga sus ventajas. Puede que aprenda recetas de cocina a la vez que toniique los músculos de la espalda.

Me siento en el banco… obsesionada ante la idea de contagiarme con algún hongo, o pillar cistitis… y enseguida me distraigo atraída por la estampa que tengo ante mí.

Una piscina pequeña y poco profunda en la que chapucea un grupo de diez adultos. Tardo un rato en entender qué es lo que llama tanto mi atención, hasta que creo descubrir la rareza común. Hubiese jurado que se trataba de un grupo de discapacitados en una sesión de hidro-terapia.

De repente me pareció evidentísimo que tenían rasgos físicos que descubrían sus problemas psíquicos. Uno a uno les fui mirando, y ante mis ojos sus rostros fueron distorsionándose… las bocas ladeadas, las miradas perdidas, los gestos exagerados. Me removió por dentro estar tan cerca de una realidad tan ajena.

Me costó un rato entender que no se trataba de un grupo de discapacitados… nada más lejos de la realidad. Era sencillamente gente aprendiendo a nadar.

Personas adultas que no saben nadar!! Me da trabajo concebir que personas adultas no sepan nadar. Quizás porque en Puerto Rico estas cosas no pasan.

Siempre decimos que allí no nos enseñan a nadar, sino más bien se nos enseña a “no ahogarnos”. Sin clases ni nada, simplemente un buen día “chuculún y al agua patos”. De ahí que Vero y yo no sigamos estilo alguno en el agua y que un hilo de babilla brille siempre en nuestras barbillas mientras “no nos ahogamos”… son los restos del “achicamiento” de agua.

Sea como sea… la imagen fue impactante. Es curioso como tenemos tan estructuradas las etapas de la vida  y los aprendizajes que en cada una de ellas esperamos que se realicen… la imagen me chocó realmente. Sinceramente parecían padecer algún retraso mental ahí tan perdidos en el agua… parecía una burla exagerada de una realidad absurda.

Cada brazada, cada respiración… era una lucha… y flotar… eso una guerra perdida desde el primer momento.

Con sus gafas, sus gorros, sus lustrados primeros bañadores… como ver a un bebé de setenta kilos intentando gatear… maravilloso, a la par que revelador. Una imagen descabellada.

Disfruté como una enana… pero ellos más. Estaban radiantes, orgullosos, cagados de miedo pero decididos a morir ahogados en una piscina de 60 cm de profundidad si era necesario.

Por fin llegó mi grupo… muchas señoras y el caballero. La clase fue un GUSTAZO… me divertí mucho con las señoras… y el caballero me acabó de alegrar el día. Realmente ahí la rara era yo. Está bien pasar rato con gente con la que normalmente no trato… tienen otra calma. Una sonrisa tranquila que les viene de estar realmente en paz. Ya han recorrido su vida… ahora sólo les queda vivirla.

Los desconocidos tienen algo especial. Me gusta sobretodo cuando estoy teniendo un mal día… a sus ojos no estoy de buen ni de mal humor… no saben el día de mierda que he tenido y ahí está la magia. En su mirada no siento empatía, ni compasión… nada.

Sólo me perciben… ven lo más esencial de mí misma y en base a eso interactúan. Bueno o malo, siempre aprendo algo de mí en situaciones como estas. Los conocidos, pues evidentemente tienen otra importancia… pero los días pochos, estos en los que no me aguanto ni yo… ahí me tiro de cabezacon los extraños que no esperan nada de mí, y que no adivinan lo que pienso con sólo echarme una mirada. Es eso, el poder guardarme para mí los días que no tengo nada que compartir, lo que me encanta de los extraños.

Y volviendo a la clase, a los abdominales, las pesas flotantes… al son de canciones de Katy Perry me busco en un espejo, con mis gafas, mi gorro, el bañador de cuerpo entero de mi madre… y en el cristal me sonríe una deficiente mental. Ahí estoy yo… riéndome de mí misma… y es que la retrasada que se ríe en el espejo soy yo.

Qué fácil es parecer subnormal en según qué situaciones… y son las que menos las que se resuelven quitándose el gorro y las gafas.

Salí de la piscina a gustito, tan fresquita que me mató la idea de vestirme con la ropa seca, los pantalones largos… los calcetines…Total, que me fui del gimnasio llevando sólo una camiseta larguita… y las chanclas.

Sin ropa interior ni na’… pa’ qué… en plan comando, como diría el de Friends… y es que qué mejor que ir en plan comando cuando se anda desaparecida en combate.

 

Thali